Carta a un joven católico gay

Concilium, 324, febrero de 2008, pp. 125-134.

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Carísimo:

¡Qué privilegio es tener la oportunidad de escribir una carta cuyo destinatario eres tú! Y lo es hasta el punto de que me gustaría saborear durante un instante la palabra “tú” y pedirte que consideres la novedad que entraña, lo abierta que es como forma de dirigirse a otro.

¿Con cuánta frecuencia se han dirigido a ti con la palabra “tú” en una publicación católica? No me refiero a la palabra “tú” en sentido débil, reducida a un verbo en segunda persona singular, como cuando en un anuncio se pregunta “¿Has considerado la posibilidad de seguir una vocación al sacerdocio o a la vida religiosa?”. Porque, en realidad, esos anuncios no quieren decir “tú”. Lo que en realidad quieren decir es “alguien que es como tú en todos los aspectos, pero que casualmente resulta que no es gay, o al menos sabe disimularlo muy bien”. Normalmente, cuando se plantea una discusión acerca de cuestiones gay en publicaciones católicas, el estilo rápidamente se vuelve poco espontáneo y aparece un misterioso “ellos”. Este “ellos” parece vivir en un planeta distinto de aquel en el que tú vives. Quienquiera que hable de “ellos” está, de hecho, en otro planeta, en un planeta donde una extraña falta de oxígeno hace imposible el uso de los pronombres “yo”, “tú”, “vosotros”, “nosotros”. Cuando alguien sí empieza a utilizar dichos pronombres, te das cuenta rápidamente de que lo único que le da la libertad para hacerlo es ser heterosexual y lo bastante sincero como para decir que en realidad no entiende de qué va todo este asunto.

Tal vez hayas intentado hablar informalmente con un sacerdote sobre lo que supone ser católico y gay, o incluso con un obispo, que, según tu olfato para detectar si alguien es gay, podría ser “familia”, y habrás notado cómo, pese a sus buenos deseos de ser amigables, ha aparecido en su voz un freno escondido. Una especie de orden interna de refrenarse entraña que, cuando dicen “tú”, puedes captar que el “yo” que está hablando ha pasado a modo de ocultamiento, ha pasado a ser oficial de algún modo, y el “tú” al que habla no está siendo llamado a ser, sino designado de algún modo con la etiqueta “Manéjese con extrema precaución”. Hay un “pero” flotando en el fondo de esa voz y que habla tan fuerte como cualquiera de las cosas que dicen, porque dicho “pero” dice “tú, pero no tal como eres”.

Y aquí estamos, leyendo una publicación católica, parte de esa enorme y fantástica red de comunicación mundial que es uno de los gozos de ser católico; y de algún modo se está permitiendo que suceda algo nuevo. Pues a ti, un católico que da la casualidad que eres gay (signifique esto lo que signifique), se te está dirigiendo como “tú” un católico que es capaz de decir “Yo soy un católico que da la casualidad que es gay, signifique esto lo que signifique”. Yo estoy recibiendo la autorización para hablarte a ti, que eres consciente de tener los comienzos de una biografía en la cual ser gay desempeña un papel. Y se me está ofreciendo la oportunidad de hablarte, no en razón de un cargo oficial, sino como un hermano, un hermano con cierta biografía que incluye ser un hombre abiertamente gay. Se me está dando la oportunidad de dirigirme a ti desde el mismo nivel en que tú estás, como uno que no sabe mejor que tú quién eres, y que ni siquiera sabe demasiado quién soy yo. Sin embargo, se ha producido algo novedoso. Se ha hecho posible que, en una publicación católica perfectamente normal que representa a la corriente mayoritaria, la palabra “tú” se pronuncie de manera abierta, de una manera que resonará creativamente (así lo espero) en tu ser, y que la pronuncie un “yo” cuyo tono se ha visto modulado y estirado por el hecho de vivir como hombre abiertamente gay dentro de la Iglesia católica.

Como todos los cobardes, cuando me vi enfrentado al privilegio de tomar parte en esta comunicación, mi primera reacción fue salir corriendo. Pues un privilegio es una responsabilidad. Y en este privilegio hay algo particularmente imponente, pues sólo hay Uno que puede dirigirse a ti como “tú” llamando a tu “yo” a ser sin reemplazarte ni avasallarte. Y ese Uno es nuestro Señor en persona. Y él obtuvo esa capacidad pasando por la muerte para ser capaz de hablarnos a ti y a mí haciéndonos ser, y de darnos a ambos un “yo” no regido ya por la muerte ni su temor. No hay nada facilón en ser capaz de hablar a otro como “tú” de una manera que llame a ser.

Cuando las autoridades doctrinales de nuestra Iglesia se acuerdan de sí mismos –lo cual suele suceder cuando están a la defensiva– señalan que lo que ellos llama el “magisterio” no puede sustituir nunca a la conciencia, sino que únicamente puede ser una voz junto a la tuya propia, al mismo nivel que la tuya propia, tan sujeta al aliento de nuestro Señor como la tuya propia. Una voz que te espolea, que te aconseja, que te ayuda a formar tu conciencia, y nunca una voz que ahogue tu voz para que aceptes la suya en lugar de pasar por la dura labor de permitirte a ti mismo recibir la tuya propia. En esto tienen mucha razón. Y yo no tengo derecho a ser en absoluto menos cuidadoso que el magisterio a la hora de hablarte.

¿Sabes?, la diferencia entre mi tentativa de dirigirme a ti como “tú” y la del sacerdote o el obispo con el “freno”, con el “pero” fruncido en el fondo de su voz, no es que él sea un hipócrita y yo no, que él se sienta sometido a presiones sociales y yo no. No, yo soy igual de hipócrita que él, y estoy igual de sometido a presiones sociales. También hay un “pero” en el fondo de mi voz, aunque no tiene que ver contigo. Sin embargo, sería poco sincero si fingiera que amar a la Iglesia como hombre gay no ha dejado algún desgaste en el fondo de mi voz. Las realidades que hacen que el sacerdote o el obispo te hablen de manera tensa y poco natural son las mismas realidades que me fuerzan a pensar larga e intensamente acerca del modo en que voy a hablarte. Y tengo miedo de pensar lo deficiente que me encontrarías si pudieras hablar conmigo cara a cara en lugar de encontrarte conmigo a través de esta máscara que estoy tejiendo con palabras, palabras que puedo corregir, revisar y cambiar antes de que lleguen a ti.

Si existe una diferencia entre el tono de voz con el que te estoy hablando yo y el que estás acostumbrado a oír, es en gran medida accidental, o providencial, dependiendo de cómo lo interpretes. Por- que sí: tú tendrás que interpretarlo, tú tendrás que decidir si yo, que me dirijo a ti como “tú”, puedo hacer tal cosa sólo debido a alguna metedura de pata, a alguna rendija dentro del sistema, o si hay algo del Pastor en esta voz desprovista de autoridad que te habla, algo del Pastor cuya voz conoces, y de la cual no tienes miedo. No puedo pretender en absoluto ser en mi persona un canal de dicha voz. Ninguno de nosotros puede pretenderlo. Podemos abrigar la esperanza de ser utilizados, o ir preparándonos para ser utilizados. Sin embargo, sólo aquellos a los que se dirige cada uno de nosotros puede percibir quién es, qué mezcla de voces es, la que llega cantando a través de nuestras ondas.

Si existe una diferencia, permíteme confesar que se debe a un acto de terquedad, de rebeldía, por mi parte. A una negativa a creer algo. Ése es el “pero” que está en el fondo de mi voz. “… Pero no cabe pensar que el Dios que nos es revelado en Jesús pueda tratar a esa pequeña porción de la humanidad que es gay y lesbiana mandándole mensajes contradictorios, de la manera que la Iglesia ha acabado por hacer. De ninguna manera podría decir: ‘Te amo, pero sólo si te conviertes en otra cosa’, o ‘Ama a tu prójimo, pero, en tu caso, no como a ti mismo, sino como si fueras otra persona’; o ‘Tu amor es demasiado peligroso y destructivo, busca otra cosa a la que dedicarte’”. Y para un católico, un acto de terquedad o rebeldía no parece un punto de partida muy bueno. Suena satánico. A menos, naturalmente, que esta negativa a creer algo esté potenciada por una sensación tan intensa de la bondad de alguien que, si llegaras a creerle capaz de actuar de la manera que se le imputa, le estarías ofendiendo gravemente.

Puedes imaginar, igual que yo, a una esposa que se niega a creer en la culpabilidad que un tribunal debidamente nombrado, y un jurado formado por sus iguales, le imputan a su marido en relación con un fraude financiero. Todas las pruebas parecen apuntar en la misma dirección, pero, pese a ello, la esposa se niega con terquedad y rebeldía a creer que su marido pueda haber hecho tal cosa, aun cuando él mismo vacila a veces en su propia defensa, tal vez para eximirla a ella de la presión de tener que apoyarle. En algunas historias, el caso terminará con nuevas pruebas, o con un cambio de circunstancias, que exculparán completamente al marido, y se pondrá de manifiesto que la esposa tenía razón al negarse a permitir que su fe en la bondad de su marido se viera contaminada por la calumnia pública. En otras historias no habrá desenlace feliz, y una generación de circunstantes considerará que la esposa es una figura patética, desconectada de la realidad, tan inmersa en la negación que es incapaz de aceptar que su marido fue un sinvergüenza.

¡Bueno, no quiero darte gato por liebre! Yo soy esa esposa terca y rebelde, y la historia no ha terminado todavía. Ni yo ni tú sabemos si mi negativa a creer que Dios pueda tratar a la gente gay y lesbiana de la manera que los ancianos de la aldea y el tribunal local dicen que la trata es una negativa nacida de la fe en un amor que resultará ser verdadero, o es simplemente un signo de mi ilusoria huida a la irrealidad. Quienes te hablan con un freno en la voz saben perfectamente que es una cosa u otra, y se están tomando en serio tu seguridad, al no desear embarcarte en un viaje tan arriesgado.

No, no quiero darte gato por liebre. Pues invitarte a que te pongas en el lugar de esa esposa rebelde, y por tanto en el lugar de la vulnerabilidad y la incertidumbre, hasta que la historia llegue a su conclusión, no es algo que me resulte fácil. Es un lugar aterrador. Pues no puedo ofrecerte una resolución. No sé si no es un acto de arrogancia por mi parte, que viene a decir: “Es mejor atreverse a pasar por el miedo a que ser gay sea simplemente una mentira, una forma de autoengaño que no lleva a ningún sitio, confiando en que el Espíritu de Dios disipará el temor, dejará patente que el temor es un espejismo, me posibilitará crecer como un niño haciéndole frente al temor; mejor eso que aferrarnos a la opinión de que el temor es por nuestra seguridad, para protegernos de un abismo de falta de sentido, y dejarnos guiar por el prudente ‘no’ de la tradición de la Iglesia”.

Como ves, ya no desprecio el “no” prudente. Solía hacerlo. Solía odiar la cobardía, la doblez y las mentiras. Pero ahora me doy cuenta del coste de salirse de eso, me doy cuenta también de lo cuidadoso que debo ser al dirigirme a ti. Pues, ¿quién de nosotros puede decir si lo que mueve nuestros hilos no será tal vez un deseo enfurruñado de heroísmo, y no el aliento del Señor que dice “Duc in altum!”, “¡Boga mar adentro!” (Lc 5,4)? Hacia allí donde los prudentes piensan que no hay peces que pescar, ni seres humanos dignos de amar con igualdad de corazón, sino sólo un torbellino de deseos confusos e irrecuperables. El coste de salirse del “no” protector, de creer que alguien pueda dirigirse a mí como “tú” sin ese temido “pero”, es encontrarme desnudo ante el Espíritu y más vulnerable que nunca a mi propio autoengaño. Y la única resolución tendrá lugar cuando la pesca empiece a llegar, y eso tal vez no sea durante mi vida, o la tuya.

No, no quiero fingir que ser un católico abiertamente gay sea algo fácil u obvio. No lo es. Para empezar, el mero hecho de que desees leer una carta como ésta es un signo de cuántos obstáculos has tenido que superar ya. Tal vez hayas afrontado el odio y la discriminación en tu propio país, por parte de miembros de tu familia, en el colegio, en manos de legisladores ávidos de votos fáciles, con titulares de periódico chillones que laceran tu alma y ante cuya mirada te quedas sin habla en tu propia defensa. Y probablemente hayas advertido que, en el mejor de los casos, la Iglesia que se llama, y es, tu Santa Madre ha guardado silencio acerca del odio y el miedo. Aunque con demasiada frecuencia sus portavoces se habrán rebajado a la categoría de políticos mediocres, prestando su voz al odio al tiempo que afirman defender el amor. El hecho mismo de que a través de todas estas voces llenas de odio, en medio de ellas y pese a ellas, hayas oído la voz del Pastor que te llama a ser de su rebaño es ya un milagro mucho mayor de lo que imaginas, y te prepara para una obra más sutil y delicada que lo que dichas voces podrían llegar a concebir.

Compartirás en todo el desprecio que el mundo moderno siente por la Iglesia católica por mantenerte firme en la fe que se te ha dado –se considerará que tienes poco que ofrecer que merezca la pena–. Y por ser católico estarás siempre a punto de ser considerado una especie de traidor a cualquier proyecto que tus contemporáneos intenten llevar a cabo. No hay en esto ninguna sorpresa: así son las cosas. Sin embargo, tú tendrás que afrontar algo más, pues también serás considerado una especie de traidor dentro de la Iglesia. “No es uno de nosotros más que a medias.” Y ciertamente no serás alguien que pueda representar públicamente a la Iglesia, ser parte visible del signo que conduce a la salvación. Y, ¿cómo podría ser de otro modo? Pues si ser gay es un defecto de creación, como se afirma, el único signo de gracia vinculado con ser gay sería la eliminación de tal condición de aquello que hace que tú o yo seamos.

No te sorprendas, pues, de que sean considerados leales y dignos de confianza quienes siguen toda pista psicológica falsa que imaginarse pueda con vistas a encontrar respaldo científico para la afirmación de que ser gay es una patología. Serán considerados “un signo de contradicción”, de no sucumbir al espíritu de la época. Tú, en cambio, serás considerado un mal católico, si es que se te llega a considerar católico en absoluto. Pues, mucho después de que los grupos evangélicos que dieron origen a la “terapia reparadora” y al movimiento “ex-gay” hayan dejado atrás estas posiciones, y sus dirigentes se hayan disculpado por descarriar a la gente, tales ideas encontrarán adeptos y partidarios católicos, puesto que halagan la actual doctrina de la Iglesia. Pero no tengas miedo a esas ideas ni odies a quienes las propagan. Son hermanos nuestros. El hecho mismo de que estos hermanos entiendan que, si la doctrina de la Igle- sia es verdad, debe tener alguna base en el ámbito empírico de la naturaleza significa que, en última instancia, lo que nos hará libres será la prueba de lo que es verdad en ese ámbito. Ésta será mayor que lo que tú, yo o ellos podemos imaginar en este preciso momento, y nos liberará a todos.

Pero, ¿qué pasa con el largo “entretanto”? Para ti, llamado por tu nombre, lo mismo que para mí, que estoy aprendiendo a recibir un “yo”, ser católico implica una vocación a algún tipo de ministerio, a una especie de actuación creativa, a una especie de imitación pública de la vida y muerte de nuestro Señor. Así pues, no quiero fingir: te encontrarás desempeñando un ministerio, lo mismo que yo mismo me encuentro desempeñando uno, sin ningún respaldo público por parte de la autoridad eclesiástica. Será como si no existieses. Tendrás que aprender a vivir en el silencio de no ser objeto ni de aprobación ni de desaprobación. Caerás fuera del campo de visión de los hombres y, si te pareces en algo a mí, desesperado por conseguir una mirada aprobatoria, experimentarás esto como una forma de muerte. Pues a cada uno de nosotros se nos da ser quienes somos a través de la mirada de otros, y nosotros respondemos a dicha mirada permitiéndole que nos dé ser quienes hemos de ser, y nos comportamos en consonancia. Así, caer a través del suelo hasta un espacio donde no hay mirada, ni aprobación, ni siquiera desaprobación alguna, es una cosa aterradora y arriesgada.

Pues, naturalmente, tal vez yo haya caído a través del suelo hasta el espacio donde no hay mirada alguna porque me he encerrado en mi propio orgullo y autoengaño. En ese caso, no encontraré nunca una mirada, pero bailaré al ritmo de ese engaño, pensando hasta que llegue la muerte que soy muy santo y especial. Ahora bien, si estoy siendo conducido por el Espíritu de Dios, el lugar donde no hay mirada alguna puede convertirse en el espacio donde soy encontrado en la consideración de Dios. Y esto lo experimentaré como una “nada” [1] que me rodea enteramente, y sólo los demás percibirán, tal vez, que hay un “yo” que está siendo llamado a ser por Uno cuyos ojos no puedo ver, pero que puede verme, cuyo aliento no puedo sentir, pero que me sostiene. Y, por supuesto, los demás no entenderán necesariamente más que yo eso que ven que está naciendo.

¿En qué podrías estar embarcándote? Permíteme ponerte una analogía. No sé si tienes los años suficientes para recordar la guerra fría. Ni tampoco si la guerra fría tuvo repercusión suficiente en la parte del mundo donde vives como para haber causado impresión en ti mientras crecías. Uno de los productos derivados de la guerra fría fue un género literario y cinematográfico de historias de espías, cuentos de intriga y vida clandestina protagonizados (en los casos peores) por buenos contra malos y, en los casos algo más raros, y mejores, por personas moralmente ambiguas a ambos lados de la divisoria OTAN-Bloque del Este.

Intenta imaginarte como un agente de uno u otro bando –desde mi perspectiva es muy fácil imaginarme como un agente occidental profundamente infiltrado en países comunistas–. Ahora imagina que hace mucho tiempo recibiste tus instrucciones de la dirección del organismo que iba a “llevarte”, y se te asignaron “adiestradores” para tu misión. Así, confiado en que ibas a estar respaldado por ellos, te zambulliste en tu trabajo, empezando a construir un círculo, pequeños signos del reino al que sirves, en medio del territorio enemigo. Luego imagina que sucede algo extraño, que se produce una especie de golpe dentro del organismo que te envió, un cambio de directrices, y que todas las personas que te habían “adiestrado”, conocido y preparado son retiradas discretamente. De manera que te encuentras sin línea directa con nadie del organismo en la retaguardia. Eres profundamente clandestino y de repente estás sin cobertura, sin respaldo, sin recursos, sin reconocimiento siquiera. Hasta el punto de que los nuevos agentes enviados por el organismo ni siquiera saben de tu existencia, y probablemente la desaprobarían categóricamente, puesto que, si eres quien dices ser, formas parte de una táctica pasada, y actualmente desacreditada, frente al “territorio enemigo” en el cual hace mucho tiempo que pasaste a la clandestinidad. Por supuesto, hay personas en el organismo que tal vez sepan de ti, pero que ya no pueden permitirse decirlo. Pues el hecho de manifestar que tienen contacto contigo pondría en peligro su propia posición dentro del organismo. Dicho en pocas palabras, te encontrarías con que te habías convertido en un ser inexistente. “No existe en nuestro registro, señora” es la respuesta dada a cualquier indagación llevada a cabo en el cuartel general por alguien lo bastante necio como para afirmar que te ha conocido. La “negabilidad creíble” es el aceite lubricante con el que la agencia funciona.

¿Qué puedes hacer? Tú sigues trabajando fielmente, enamorado del proyecto para el cual fuiste enviado al principio. Pero las comunicaciones se han vuelto gravemente incompletas. Puedes oír en la radio las declaraciones oficiales del organismo. Puedes leer entre líneas el “verdadero” significado de lo que en ellas se dice, pero tú no existes, no tienes línea de comunicación con el cuartel general, no eres nadie. Así las cosas, ¿permitirás que tu ira y resentimiento ante el trato que recibes del organismo te haga dejar de trabajar en el proyecto para el que al principio fuiste llamado y adiestrado? ¿O amas el proyecto de tal manera que estás dispuesto a amar al organismo que ahora te odia, confiando en que, al final, las cosas saldrán bien? Amar al organismo cuando éste te ama es bastante fácil, pero ¿y amarlo aun en el tiempo en que reniega de ti? ¡En ese momento está ahí el dedo de Dios!

Es en este punto donde te instaría, como me insto a mí mismo, a menudo con ánimo desfalleciente, a que veas el privilegio de lo que tenemos. Sí, hay una suspensión de la comunicación con un cuartel general que sólo sabe hablar de un “ellos” y nunca se dirige a un “tú”; sí, o no saben de nuestra existencia, o necesitan la negabilidad creíble para su propio beneficio; pero mientras tanto aquí, en medio de territorio enemigo, podemos seguir edificando, no sólo un pequeño rinconcito de una estructura defensiva, sino la Iglesia católica como tal –toda entera, completa–. Y curiosamente, con menos injerencias por parte de entrometidos que las que se producirían si las líneas de comunicación estuvieran abiertas. Así pues, ¿nos atrevemos a hacer que nuestro amor se extienda edificando sin aprobación, mientras esperamos con ansia el día en que caiga algún muro de Berlín, y la comunicación quede restablecida? ¿Eres capaz de asumir la responsabilidad de eso? ¿Eres capaz de perseverar?

“¡Esto va para largo…!” [2] Éste fue el sabio consejo que me dio uno de mis formadores, uno de mis adiestradores, que además de ser gay es historiador. Él me decía, como yo te estoy diciendo a ti, que el proceso de ajuste a la verdad en este ámbito va a llevar un tiempo muy, muy largo. Y sólo se producirá si gente como tú y yo estamos dispuestos a amar el proyecto sin que nos importe la agitación producida dentro del organismo, si somos generosos en dar tiempo a los adiestradores para reunir la valentía para buscarnos y hablarnos como a colaboradores. Una de las cosas que nos mantendrán en marcha es que podemos seguir volviendo a esos extraños lugares de encuentro de la guerra fría, los buzones de comunicación entre espías, donde muy tranquilamente, a partir de textos antiguos y con pan y vino, nuestro formador original y primer adiestrador, Aquel que primero dio vida al proyecto para nosotros, infundirá en nosotros valentía, fuerza y perseverancia, mientras el actual sistema realiza maniobras de distracción, creando un ruido lleno de sinsentidos, pero sin conseguir a la postre acabar con el antiguo código.

¿Quién sabe, amigo mío, si esta oportunidad de comunicarnos se repetirá? ¿Quién sabe si esto no es más que una irregularidad momentánea en el éter, si los bloqueadores de las ondas de radio católicas conseguirán impedir otro diálogo abierto entre un “yo” católico y un “tú” católico, ambos casualmente gays? ¿O si no habrá algún deshielo en el permanentemente helado terreno eclesiástico, y la charla se hará mucho, mucho más fácil? De una manera u otra, déjame decirte lo que he descubierto en mis años como clandestino en territorio enemigo: no estás solo, y Sus promesas son ciertas.

Un gran abrazo de tu hermano, 
James

Notas

[1] N. del T. En castellano en el original.
[2] N. del T. En castellano en el original.


© James Alison 2007. Traducido del inglés por José Pedro Tosaus Abadía.
Concilium, 324, febrero de 2008, pp. 125-134.