Los cambios de tono en la voz de Dios

Ponencia para el IIº Coloquio “¿Cristianismo posmoderno o postsecular? Dos interpretaciones de la modernidad tardía” Llevado a cabo en la Universidad Iberoamericana, México D.F. el 5 y 6 de setiembre 2007

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Son las palabras pequeñas las que siempre sorprenden. Por ejemplo pensemos en la palabra “tanto”. Estamos acostumbrados a una traducción de la palabra griega οὕτως que reza “tanto” cuando aparece en la frase “Tanto amó Dios al mundo que dio a su único hijo para que él que cree en Él no perezca sino que tenga vida eterna [1]”. El “tanto” nos suena como una intensificación del deseo, como un vislumbramiento de una conmoción psicología del que ama, parecido a cuando decimos “Quería tanto, tanto que me llamara” exponiendo así entre suspiros nuestra vulnerabilidad ante el capricho ajeno.

Sin embargo existe otra traducción de la palabra οὕτως y a pesar de dudar de que esta traducción tenga la misma recepción entre el público, me parece más acertada. La traducción no es una intensificación del amor, sino una demostración del amor: “De esta manera, pues, amó Dios al mundo: que dio a su único hijo para que él que cree en Él no perezca sino que tenga vida eterna”. Hasta se puede imaginar a la persona que pronuncia estas palabras haciendo un gesto que daría el sentido de los dos puntos y el ‘que’, y que igualmente daría el sentido del ὥστε en el griego.

Con esta traducción no tenemos ningún acceso a una conmoción psicológica en Dios que yacería por detrás de la acción de dar a su único hijo, sino que todo lo que significa aquel acto de amor sería patente en lo que sigue. Es como si perifraseáramos el versículo así “¿Quieren saber cómo se hace patente en el mundo el que Dios lo ame? Pues así: en la donación de su único hijo para que todo él que cree en Él no perezca sino que tenga vida eterna.”

Mi motivo al comenzar por pequeñeces gramaticales es porque apuntan a algo más propiamente teológico. Si comenzamos con el “tanto amó”, entonces toda nuestra concentración y esfuerzo va hacia imaginar la intensificación emocional que yacería por detrás de la actividad patente. Lo verdaderamente interesante sería no tanto lo que aconteció, acerca del cual podríamos satisfacernos con una muy breve indagación, describiéndolo de manera bastante escueta. Lo verdaderamente interesante sería el grado de intencionalidad, la fuerza de empuje, la emoción, en fin, con los cuales el autor principal de esta hazaña lo hubiera realizado.

Si, por el contrario, comenzamos por el “De esta manera amó” entonces no hay acceso a una supuesta interioridad de Dios, modelada sobre la nuestra, sino que lo visible, lo patente del acto en sí, llega a ser el anzuelo para nuestra fascinación, y es únicamente en la medida en la cual nos dejamos adentrarnos en el acto y lo que a partir de ella se pueda descubrir que llegamos a tener alguna noción de lo que sería el amor de Dios.

A mi modo de ver, esta segunda versión es de preferirse. Y tengo dos motivos por pensar de esta manera. El primero es haber comenzado a notar aquella tendencia del texto joáneo de decir las cosas de manera tan abrumadoramente sencilla y obvia que nos pasan por encima de la cabeza, mientras nosotros buscamos un sentido más complicado. En Juan, vez tras vez tengo la extraña sensación de que la propia sencillez de lo clara y cabalmente dicho nos enceguece porque estamos convencidos de que hay que ‘misteriosearlo’. Volver a la simplicidad de lo dicho es un trabajo de años.

Mi segundo motivo es de índole teológica. En la primera versión, no aprendemos gran cosa sobre Dios, a no ser el que tenga emociones como nosotros, y que un ejemplo, tal vez especialmente fuerte, de esta emotividad suya sería este acto de amor. En la segunda versión, todo nuestro entendimiento de Dios, que lo tendremos que podar de todas nuestras proyecciones acerca de sus emociones y su subjetividad, queda redimensionado a partir del solo acto en sí. O sea, es el acto que llega a ser el criterio para Dios, paulatinamente causándonos a que revisemos enteramente toda y cualquier otra óptica mediante la cual lo consideramos; y no es una presuposición acerca de Dios la que dicte de qué manera hemos de entender el acto.

La razón de comenzar así es porque me da una entrada a lo que quisiera explorar con Uds., que son varios aspectos de este extraño privilegio que es ser un teólogo católico hoy. Aspectos aún insuficientemente vinculados entre sí, pero que tienen en común, espero, aquella sensación de que algo muy interesante está naciendo en nuestro medio, después de ásperos tiempos para nuestra disciplina. Tiempos en los cuales nuestros utensilios laborales no estaban a la altura de la tarea teológica. Curiosamente me parece que lo que algunos llaman la modernidad tardía, con su nihilismo posmoderno, su razón post-secular, combinados, por lo menos en el mundo angloparlante, con el estridente ateísmo populachero de un Dawkins o un Hitchens, por estarnos obligando a buscar utensilios más adecuados para nuestra labor, nos está al mismo tiempo agudizando la inteligencia para tareas mucho más nuestras, y agilizando nuestra capacidad de enfocar nuestra misión propiamente teológica.

El primer aspecto que quisiera explorar con Uds. lo podría describir como una inversión de algo que damos por sentado. Típicamente cuando hablamos en la Iglesia, y cuando la Iglesia habla en público, o cuando los evangélicos o los musulmanes se pronuncian, se tiene la impresión de que estamos aullando por una presencia muy fuerte de lo religioso, de lo divino, de lo sagrado, por un lado; pero es como si por el otro lado estuviéramos decepcionados por un protagonismo divino bastante débil, ya que, dejando aparte la publica gritería religiosa, en pro y en contra, Dios no parece manifestarse, y además los que con mayor insistencia hablan de él más bien parece que lo entienden como soporte para notorias posiciones públicas perfectamente comprensibles a partir de otras motivaciones.

Ahora lo curioso que he comenzado a entender es que todo esto, el mundo de la presencia fuerte y el protagonismo débil, es muy exactamente la visión propiamente teológica de la realidad puesta al revés. Pues, en la visión teológica, el protagonismo divino es fortísimo, fuerte a más no poder, pero la presencia divina es debilísima. Y lo más curioso es que la misma debilidad de presencia es precisamente debida a la fuerza del protagonismo.

Quisiera comenzar por explorar esta noción de “protagonismo”. El término queda derivado del principal actor en una tragedia o comedia de la Grecia antigua. El primer actor era el protagonista, el segundo era el deutero-agonista y así en adelante. O sea, originalmente no había sino un protagonista, de la misma manera que hoy día sería curioso tener en una ópera a más que una “prima donna”, dejando a un lado el conocido temperamento “prima donnesco” de casi todos los artistas, por no decir los teólogos. Sin embargo en todos nuestros idiomas modernos, el término “protagonista” ha dejado de tener esta usanza estricta, y ahora hablamos de los “protagonistas” en un drama, entendiendo por el término “los que tienen un papel activo”.

Pues bien, quisiera comentar un elemento curiosamente obvio, que a veces por su misma obviedad nos escapa. Si somos monoteístas de verdad entonces estamos muy seriamente aferrados no tan solamente a la existencia de un sólo Dios, sino a un sólo protagonismo. Las dos cosas van juntas e inseparables. Y de la misma manera que nos es difícil hablar de la ‘existencia’ de Dios que no es un objeto dentro del universo, y por ende, de quien es más justo decir que ‘no es’ que de decir que ‘es’, ya que el verbo “ser” inescapablemente tiene como referencia el universo de entidades entre los cuales somos nosotros y que existen al mismo nivel que nosotros; de la misma manera nos es difícil hablar del ‘protagonismo’ de quién no está al mismo nivel de cualquier de los protagonismos, fuerzas, actores, o poderes que conocemos, que nos mueven, o que mueven, con perdón de Dante Aligheri, hasta “il sole e l’altre stelle”.

Pero de la misma manera que nuestra, muy correcta, teología negativa del “ser” a veces nos deja sin cualquier sentido de que por detrás de todo, sí hay una existencia, un resplandor, un brillo, un poder y una belleza que son tan brillantes, reales y así sucesivamente, que a la luz de ello todo lo que nosotros conocemos como existente, bello, poderoso etc. no son sino débiles chispas reflejadas a distancia; de la misma manera nuestro muy justo reconocimiento de la no-semejanza que tiene nuestras nociones de protagonismo con el protagonismo de Dios, nos deja sin cualquier sentido de que por detrás de todo sí hay un protagonismo, uno que es mucho más fuerte, poderoso, y pensado, que cualquier cosa que podríamos imaginar.

Quiero enfatizarlo, porque en general lo escucho poco: estamos aferrados a la noción de que hay, en la verdad, un sólo protagonismo, a comparación con las cuales toda actuación humana, y toda actuación del resto de los seres existentes es un deutero-agonismo. Y que este protagonismo es real, es fuerte, y somos capaces de detectar sus intimaciones.

Quisiera sugerir que al hablar de este protagonismo de Dios no estamos hablando tan sólo de algún proyecto a largo plazo, alguna noción de “historia de la salvación”, sino también de algo que irrumpe directamente en nuestra intimidad. Si, al hablar de aquel protagonismo que es Dios no estoy hablando de algo que me sacude el escenario dentro del cual me encuentro con mis tendencias de prima donna entre muchos otros deutero-agonistas, entonces es de dudarse que estoy hablando en la verdad de Dios. No por el hecho de que aquel protagonismo que es Dios sea a un nivel totalmente diferente e incomparable con todas las fuerzas que me mueven, deja de tener incidencia real en mi vida. Y si no hay señales, a lo largo de mi vida, tal vez más capaces de ser percibidas por otros que por mi mismo, de que estoy llegando a gozar de un papel secundario, aunque curiosamente enriquecido, en la estela de un protagonismo que no soy yo mismo, entonces es de dudarse que he sido un adorador de Dios.

Bueno, es esta intimación del protagonismo que es Dios que quisiera explorar con Uds. Y por supuesto, para que tenga sentido hablar siquiera de tal protagonismo, quiero decir que doy por sentado el que estemos todos “sobre la misma página” como dicen en inglés por lo menos en esto: que todos estamos por dentro de un proceso de darnos cuenta de que todo lo que es, es periférico a una realidad que le es infinitamente mayor y más poderoso, y que hasta dentro de nuestra relacionalidad estamos todos embarcados en un proceso que es curiosamente avivadora de actividad, a pesar de que únicamente puede describirse en la voz pasiva, un proceso de quedar reconfigurados, redimensionados, y reubicados por aquel protagonismo.

O sea doy por sentado que estamos hablando a partir de quienes reconocemos que somos mucho más profundamente receptores de algo que protagonistas, y que hasta nuestra actividad más protagónica es algo recibida por nosotros en el mismo proceso de nuestra actuación.

Si es así, entonces llega a ser una parte muy importante de nuestra responsabilidad de teólogos hacer la pregunta sobre la verdadera naturaleza de este protagonismo. Y esto equivale, por lo menos al comienzo, a la pregunta acerca del grado según el cual nuestras proyecciones sobre Dios producen una distorsión real en nuestra capacidad de recibir en nuestro medio aquel protagonismo. Y as aquí donde llegamos a la cuestión que señalé en mi título: los cambios de tono en la voz de Dios. Y quiero subrayar que no lo puse como mero juego de palabras, entendiendo que, por supuesto Dios no tiene tono de voz, y que a nosotros nos toca pasar por la purificación de nuestra capacidad de escucha, enturbiada como está por los tonos de voz que serían humanas, demasiado humanas, para quitarnos de encima tantas distorsiones y quedarnos en el silencio. No, quise decir algo más que esto: el hecho de estar pasando por este proceso de pérdida de ídolos es de por si una evidencia de que sí estamos llegando a escuchar un tono de voz que es aquel protagonismo que es Dios, aunque sea un aprendizaje para nosotros tan grande que a la luz de donde estamos ahora es casi inimaginable para nosotros que aquello sea un tono o una voz.

Permítanme entonces problematizar algunas de las palabras que solemos utilizar para referir aquel protagonismo que es Dios a nosotros, palabras como “voluntad”, “deseo” y “ley”. De Dios decimos, por ejemplo, que tiene una “voluntad” que se dirige a nosotros – por ejemplo cuando rezamos “Hágase tu voluntad”, o que tiene un deseo o un querer, como por ejemplo cuando leemos “¿Acaso deseo la muerte del impío, y no que se aparte de sus caminos y viva? (Ezequiel 18, 23), o que tiene una ley que dicta y que le refleja, como cuando cantamos “me deleito en tu voluntad, Dios mío, tu ley está dentro de mi corazón” (Salmo 40, 8) o bien “mejor es para mí la ley de tu boca que millares de piezas de oro y de plata” (Salmo 119, 72). O lo que dice Pablo al final de su homilía a los atenienses reunidos en el Areópago “…ahora Dios ordena, παραγγέλλει a todos los humanos, en todas partes, que se arrepienten” (Hechos 17, 30b) – y allí no cabe duda de la fuerza de la palabra ‘ordena’, ni del protagonismo que expresa.

Ahora en todas estas esferas estamos tomando palabras que tienen su lugar cierto dentro de cierto protagonismo humano. Y en cada caso las estamos aplicando a nosotros mismos como siendo receptores de estas expresiones de un protagonismo divino. Y junto con cada una de estas expresiones de un protagonismo – voluntad, deseo, ley, – vienen toda una serie de asociaciones – asociaciones por ejemplo de mando, connotaciones militares, o de adultos hacia niños, o bien de potentes hacia débiles. Todos nosotros vivimos, inevitablemente en un pantanal de tales asociaciones y relaciones de poder, de protagonismos diversos. Y sería muy extraordinario si por detrás de cada uso de estas palabras que exprimen protagonismo hacia nosotros, nosotros no hiciéramos lo que solemos hacer al escuchar la palabra: o sea, proveer, en un acto de extraordinaria agilidad mental, que es al fin y al cabo como aprendemos los seres humanos, proveer, digo, toda la red relacional que ‘viene con’ la palabra en su supuesta aplicación a nosotros y a nuestra vida.

O sea, en ninguna ocasión, a no ser que estemos aprendiendo un nuevo idioma a partir de sólo libros, topamos con tan solamente una palabra. Junto con la palabra viene, inevitablemente toda una serie de voces, que las detectamos y aplicamos con sutileza y discernimiento, que pronuncian la palabra, de tonos que la insinúan, de conexiones verbales y auditivas, hasta con palabras que no tienen nada que ver, pero tienen una cercanía de sonido con aquella palabra. O que la habíamos escuchado junto con aquella palabra en una poesía que nos llegó hondo en cierto momento, de modo que al escuchar la palabra ahora, también evoca aquellas circunstancias especiales. Dicho de otra manera, no escuchamos tan solamente las palabras en sí, sino introyectamos también la lógica, las líneas de fuerza silenciosas, por así decirlo, dentro de las cuales las palabras vienen engastadas. Y mientras más “normal” se hace en nosotros el engaste, menos lo percibimos, pues nos parece que estamos escuchando la palabra nada más, y no nos damos cuenta por nada de la red de protagonismos de la cual la palabra es síntoma.

Ahora bien, quisiera sugerir algo: si aquel protagonismo que es Dios nos llega a partir de expresiones que provienen de aquellos mundos, también toda nuestra imaginaria de lo que sería aquel protagonismo quedará supeditada a lo que nos dictan aquellas voces, con todo y sus resonancias socio-culturales. A no ser que una parte de aquel protagonismo que es Dios consiste en producir un cambio en el tono de voz, cambiando la red de asociaciones que traen juntos aquellas palabras. Pero el propio acto de cambiarla también funciona por una mediación humana: son acontecimientos humanos los que dan la base para las cambiantes asociaciones reales a partir de las cuales comenzamos a detectar el sentido de las palabras.

Es aquí, me parece donde tenemos algo muy importante, especial, y difícil de captar en el centro de nuestra fe. Y es el hecho de que aquel protagonismo que es Dios se hizo patente mediante un fracaso, y un fracaso que a la vez fue nada más que eso, un fracaso, y al mismo tiempo, trajo consigo toda una serie de connotaciones de un acto de autodonación sacrificial propias al mundo, que ya era considerada arcaica en época de Jesús, del sumo sacerdote, el ungido Melquisedec. O sea, por un lado había la muerte violenta a manos del poder colonial a instigación de los líderes religiosos y sus secuaces, de un hombre tenido por blasfemo y sedicioso. Y por otro lado había un deliberado camino de plenificación de textos e inspiraciones provenientes de un pasado muy remoto de un sacrificio definitivo de reconciliación hecho por El sacerdote que sería El Santo de Dios, el Hijo de Dios, títulos que se daban a los sumos sacerdotes de otrora.

Lo que resulta de dificílima descripción es cómo conjugar el protagonismo libre y creador de sentido de Aquél que entendía lo que estaba haciendo como el acto sacerdotal definitivo [2], como conjugar aquello con lo que es una descripción de una muerte vergonzosa donde el muerto es, por definición, objeto, y no sujeto, y siendo objeto, es incapaz de protagonismo. Se hace más densa la descripción, y no más sencilla, el hecho de que a pocos días de esta muerte haber hecho imposible que Jesús tuviera un protagonismo que fuera algo relacionado con Dios, Dios lo hace ver a diversos testigos del grupo que lo había acompañado, y lo hace ver no tan sólo como muerto, sino, con todo y siendo reconociblemente aquel mismo que había muerto, de demostrable protagonismo. Y curiosamente su protagonismo no es menor, sino mayor por el hecho de haber muerto, ya que la muerte no pudo mantenerlo como objeto nada más.

El lenguaje del testimonio apostólico acerca de la resurrección gira alrededor de los esquemas del Templo, donde el Santo de Dios ya sacrificado, está sentado a la derecha de Dios, o sea donde el protagonismo de la victima que se ha donado se revela como siendo el propio protagonismo de Dios. Y las nociones de presencia de Dios, de YHWH que hacía apariciones a partir del Santuario, quedan ya plenificadas en esta noción de presencia de uno que es, al mismo tiempo, una víctima humana que fue sometida a una muerte atroz y vergonzosa, o sea, la máxima señal de debilidad de que somos capaces de imaginar, y es al mismo tiempo, la plenificación, el cumplimiento de todas las promesas de Dios de estar presente en y con su pueblo.

Cuando, en este período de la vivencia apostólica, el mismo espíritu que Jesús había exhalado en la cruz les viene insuflados a los apóstoles, está comenzando a hacerse accesible a todos los seres humanos aquel protagonismo fuerte con presencia débil que llamamos Espíritu Santo. Y con esto, el real protagonismo de Dios comienza a ser también fuerza motora de la vida de todo una serie de personas. Las personas se encuentran por dentro de aquel protagonismo.

Ahora, describirlo así es insuficiente, porque no apunta a lo extraño de esta presencia densa en nuestro medio, y recordemos que esta presencia, que es a fin de cuentas lo que se nos transmite por las especies en toda eucaristía, y es el cumplimiento de la promesa de Dios de estar con nosotros, es lo absolutamente central en toda liturgia católica u ortodoxa. Lo extraño de esta presencia es que es la presencia de una víctima rechazada que vuelve en medio de los suyos para mostrar que de hecho, quedan perdonados, que no tiene nada contra ellos, y que si lo aceptan de regreso, ellos se encontrarán libres y potenciados para la construcción de vidas nuevas.

Noten por favor la extrema debilidad de la manera de estar presente: típicamente en los mundos humanos que conocemos, nuestras víctimas carecen de voz; no las podemos escuchar. La víctima a quien se puede escuchar es aquella que regresa en tono de triunfante a buscar venganza. Pero no es el caso aquí. El caso es que todo el protagonismo, toda la fuerza creadora de Dios, queda presente en y como aquella presencia de víctima que regresa y ofrece perdón. Y noten también que no se trata de que Dios tiene diferentes módulos de voz – ora estridente, ora majestuoso, ora misericordioso. No, se trata de una cosa mucho más drástica: todo aquel protagonismo que es Dios se revela para nosotros en aquella presencia de la víctima perdonadora. Dios no tiene voz a no ser aquella emanada de la víctima perdonadora, aquella que es la autodonación de la víctima perdonadora expresada hacia y para con nosotros.

Pues bien, si es así, entonces, el fiel, y por supuesto aquel sub-grupo de fieles que somos los teólogos, ¿cómo escucha? Por supuesto no hay manera de llegar a escuchar aquella voz que no pase por el proceso de ser perdonado. Si toda la manera de hacerse presente Dios en nuestro medio es precisamente el protagonismo fuerte de la presencia débil, entonces nos llega como un proceso de descubrirnos equivocados, atados, dependientes de otros protagonismos y otras fuerzas en la medida en que nos dejamos interpelar por la fuerza de aquella generosa debilidad. Y es a partir de recibir aquel perdón, que toma la forma de quedar liberados, sueltos para la soltura, que entramos en el proceso de notar el cambio en los tonos de la voz de Dios.

Déjenme dar algunos ejemplos, tomando como base aquellas citas bíblicas que les di hace poco. Escuchemos a Pablo de nuevo cuando dice “…ahora Dios ordena, παραγγέλλει a todos los humanos, en todas partes, que se arrepienten” (Hechos 17, 30b). No cambiemos una sola palabra. Pero sí lo que llamé el pantanal de asociaciones que vienen con las palabras. Saboreamos esta frase primero con la palabra “ordena” en tono militar, con la palabra repetida “todos” con tono imperioso, y la palabra “arrepentir” con tono moralista, o cargada de chantaje emocional. Y ahora escuchen nuevamente esta frase siendo que él de cuyo protagonismo se está hablando lo está utilizando en su máxima extensión desde aquella presencia débil que he buscado describir: ¿que es el tono de voz con el cual viene pronunciado “ordeno” al provenir de aquel trono que es ergástulo, y cuyo triunfo es haber rendido no-tóxico el desprecio? En otro lugar Pablo dice que “somos embajadores” de aquel protagonismo, y se entiende más el tono suplicante cuando ruega “reconcíliense con Dios” (2 Cor 5, 20) ¿Cómo suena diferente la palabra “todos” si no viene con un tono imperioso, sino con un cariño, una igualdad de corazón, un deseo de abarcar y abrazar ya que él que los quiere ha estado por debajo de todos, cuando no debajo sus pies? Y ¿cómo suena la palabra “arrepentir” si viene como la parte personal de una oferta, hecha desde abajo, de entrar en un nuevo ‘nosotros’ propiciado por aquel cuya semejanza conmigo no quise ver por temor a perderlo todo?

Bueno, son algunos ejemplares. Pueden hacer exactamente lo mismo con todas aquellas palabras como “deseo” “voluntad” “ley” etc. Piensen en lo diferente que suena “me deleito en tu voluntad, Dios mío, tu ley está dentro de mi corazón” (Salmo 40, 8) si la voluntad y la ley en cuestión son aquellas que se hacen patentes a partir de aquella presencia débil que manifiesta el protagonismo fuerte. Si la voluntad se ha expresado al máximo en aquella manifestación de presencia de víctima perdonadora, y la ley consiste en reproducir aquella presencia para otros, entonces ya hay una emanación de un deleite, una seguridad y una libertad que viene con el mero hecho de estar navegando en la costa de este banquete, de percibir lo ofrecido.

Quisiera notar otra dimensión de densidad de esta presencia débil con protagonismo fuerte, un elemento que es muy difícil de explicar, ya que parece ser un elemento de ausencia, y es difícil que se le entienda como modo de presencia, que es lo que es. Este es el sentido que se señala de distintas maneras en los evangelios, de Jesús que va delante de los suyos. En Marcos el ángel del sepulcro lo dice a las dos Marías y a Salomé:

Pero id, decid a sus discípulos y a Pedro: Él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, tal como os dijo. (Marcos 16,7)

En Hechos viene con la Ascensión, y en Juan viene, entre otras maneras, con la concesión de que Tomás meta el dedo en las llagas (que equivale a colocar la pértiga en los anillos para transportar el arca de la Alianza), pero acompañado de la promesa de que va a ser mejor aún para los que creen sin haber visto. O sea, el transportar el arca de la presencia va a ser más factible y fácil para los que no pueden ver a Jesús en persona.

De todas estas formas de señalar esta dimensión, personalmente encuentro más digerible la fórmula “va delante de Uds.”, pues señala una presencia en marcha, o sea, algo que sí está presente, pero que únicamente al estar ella delante de nosotros, fuera del alcance, es que estamos siendo conducidos a entrar en dimensiones nuevas. O sea una parte de aquel protagonismo fuerte con presencia débil es exactamente este elemento de estar abriendo terreno, que aún nos parece imposible, y es siempre por el hecho de ser víctima perdonadora que nos anima a pisar terrenos que ni siquiera imaginábamos, o que parecían dar mucho miedo, pero que resultan mucho más espaciosos y vivibles de lo que hubiéramos imaginado.

Bueno pues, espero que con esto algo de la fuerza de aquella frase del evangelio de Juan con la cual comenzamos llegue a sentirse. A fin de cuentas, lo que quise hacer es rellenar un poquito la noción de lo que quiere decir “que dio su único hijo para que todo él que cree en Él no perezca sino que tenga vida eterna”. Quise señalar que esta frase abre la posibilidad de una presencia criterial, ofrece una nueva red, o pantanal, de asociaciones a partir de la cual la frase “Dios ama al mundo” comienza a escucharse de forma totalmente nueva y fresca. Y es a aquella frescura, aquella novedad que apunta la palabra οὕτως con la cual comenzamos. Como dije, son las palabras pequeñas las que siempre sorprenden.

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Habiendo pues, gastado tanto tiempo en esbozar elementos de la gramática para identificar lo propio de la presencia a partir de la cual trabajamos, me he dejado poco tiempo para explorar nuestra tarea actual. Ya que me han privilegiado al ofrecerme la oportunidad de iniciar nuestra conversación, voy a señalar algunas direcciones por donde en lo personal me gustaría que camináramos en nuestro coloquio.

Si me permiten, acabo de ofrecer un esbozo, seguramente bastante primitivo, de lo que considero como lo central en nuestra fe. O sea, he propuesto un acercamiento a una presencia densa, real, que trae asociaciones humanas reales, y que es, en la medida en que nos es posible hablar así, la manera de manifestarse del Dios trino en nuestro medio. Esto me parece una cosa absolutamente única. O sea, aquella red de asociaciones por cuyo medio Dios ha proyectado manifestarse en nuestro medio, ejerciendo su protagonismo fuerte en esta presencia débil, y dándose a conocer por medio de un criterio absolutamente novedoso, ciertamente que yo conozca, no hay nada parecido a esto en ninguna otra parte del saber y de las narrativas, filosofías o culturas humanas.

La primera cuestión que surge para mí es: ¿de qué manera hablar de esta calidad de absolutamente “único” sin que la unicidad sea una forma, ni siquiera solapada, de “exclusivismo” humano? Y mi primera intuición al respecto, y no es más que eso, es que hay que dejar de preocuparse por ser considerado ‘exclusivista’, como si lo propiamente único fuese propiedad nuestra, e ir más bien afinando lo único como protagónico, y redescubriendo a nuestra relacionalidad con los demás como parte de lo recibido.

La segunda cuestión, que es la misma que la primera pero bajo otro ángulo es la siguiente. Esta presencia densa es no tan solamente única, sino también diferente de todas las otras formas religiosas, de culto, de entender a Dios etc. etc. Y aquella diferencia no es algo de la cual tenemos cualquier motivo para avergonzarnos, sino todo lo contrario. Pero, y esto es lo importante, desde que en nuestro mundo, en el mundo de nuestros protagonismos, toda ‘diferencia’ se hace por contraste con un ‘otro’, tarde o temprano el hecho del contraste envicia la bondad de lo que se quiere afirmar en la misma medida en que busca dejar en la sombra lo ‘otro’. ¿De qué manera, pues, podremos hablar de la diferencia de esta presencia criterial sin caer en el ensombrecimiento vicioso de otras realidades religiosas o culturales? Y aquí mi intuición es que es la noción de gratuidad la que hay que ir afinando, junto con la sensación de “va delante de Uds.” que señalé como elemento de la presencia.

La tercera y última cuestión que quiero levantar es eclesial. Si, como bien entiendo, lo central, lo protagónico en la fe católica es este protagonismo fuerte de presencia débil, es evidente que todo lo demás, todo lo eclesial, y con mucho mayor razón, todo lo eclesiástico, gira alrededor de esta realidad, y es penetrable e interpelable por ello. No podría ser otro, desde que la realidad eclesial, con todas sus dimensiones de texto sagrado, comunidades, culto sacramental, y oficialidad, únicamente llega a ser señal de este protagonismo al pasar por el constante proceso de perder ídolos, dejar de asirse a seguridades. Y esto significa que para nosotros, los teólogos, que formamos parte de esta realidad, que estamos, por así decirlo, empujados por la misma palanca, queda cada vez más claro en el mundo moderno la flexibilidad por dentro de lo que por fuera parece bastante esclerotizado. Por ejemplo, hace pocos años era común las personas más conservadoras afirmar “la iglesia no es democracia”, y a mi modo de ver, tienen toda la razón. El problema es que tampoco es monarquía, u oligarquía, como ellos parecen suponer, sino pneumarquia, y el pneuma parece estar totalmente redimensionando la vida interna de la Iglesia al promover una creciente facilidad en el hablar de todos los temas y un creciente sentido de libertad en el pertenecer, tendencias que totalmente socavan las pretensiones de mando de cierta jerarquía. Mi pregunta es ¿cómo podemos contribuir a que estas dimensiones de pertenencia voluntaria y de habla libre y los elementos necesariamente jerárquicos que están allí para nuestra protección contra nosotros mismos, se conjuguen de manera que la señal brille?

Muchas gracias por su paciencia conmigo.

Notas

[1] Juan 3,16: οὕτως γὰρ ἠγάπησεν ὁ θεὸς τὸν κόσμον, ὥστε τὸν υἱὸν μονογενη ἔδωκεν, ἵνα πας ὁ πιστεύων εἰς αὐτὸν μὴ ἀπόληται ἀλλ’ ἔχῃ ξωὴν αἰώνιον.
[2] Notamos que esto fue a pesar de no haber sido el protagonista de estirpe sacerdotal aunque sí real, las que en tiempos remotos no estaban separados.


© James Alison, 2007 Londres y México DF, agosto y setiembre de 2007.