James Alison. Theology

Girard y las grietas del sentido chatarra: el paciente aliento de un pensamiento apocalíptico

Ponencia para el Coloquio Internacional sobre Teoría mimética y construcción social que tuvo lugar en la Universidad Iberoamericana en la Ciudad de México y en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, entre el 28 y el 31 de agosto de 2012. Esta ponencia fue dictada el día 28 de agosto, y el reconocimiento con la cual comienzo hace referencia a la presencia en el auditorio de Don Raúl Vera, obispo de Saltillo, Coahuila quien fue mi maestro de novicios entre 1982-3

Quisiera festejar con Ustedes una Providencia todo especial. Hoy es fiesta de San Agustín. Hace exactamente treinta años, en esta fecha de 1982, fui uno de once compañeros que iniciamos nuestro noviciado en la Orden de Predicadores, los dominicos. Para quienes nos conocieron en la época, no sería motivo de sorpresa el que los años nos hayan llevado a cada uno de mis connovicios, un grupo bien diverso, y a nuestro sufrido padre maestro, por rumbos de lo más variados e interesantes. Ahora, se da el caso de que aquel noviciado comenzó a escasos ochenta kilómetros del lugar donde estamos reunidos hoy, en las faldas del Ixtaccíhuatl, bajo la mirada risueña y los cabellos ya plateados de un joven maestro de novicios. Y la Providencia lo ha orquestado para que exactamente treinta años después, aquel padre maestro y más de uno de aquella generación de sus novicios nos encontremos en esta sala para participar juntos de este coloquio sobre temas de paz y de violencia, y las posibles luces que el pensamiento de Girard arroja sobre estas dimensiones de nuestra vida.

Raúl, padre maestro, el evangelio que nos predicaste nos promete hermanos y hermanas y madres en esta vida además de persecuciones, y en el siglo venidero, vida eterna. ¡Cómo tenías razón! A lo largo de los años ha sido una alegría reconocer la solidez casi sacramental de la ternura que nos une, la irrupción de algo ya eterno en esta fraternidad terrestre, algo mucho más rico que cualquier peligro o excitación por las diversas formas de persecución que pudieran habernos acaecido de por mientras.

Bueno, por si no fueran suficientes las ocasiones en que te he dado motivo de vergüenza, te pido aceptar esta mi ponencia como acto de agradecimiento, como esbozo de una revisión de vida largamente aplazada. De hecho, no merezco la honra de ser caballo de tu cuadra, y tu escuela de testimonio cristiano merece seguidores mucho más fieles que un servidor. Sin embargo, quise aprovechar la fecha para decirte en público que en estos treinta años sólo van en aumento la gratitud y el orgullo que siento por tu presencia hermana en mi vida, por participar contigo del proyecto de vida cristiano.

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Quisiera comenzar con unas frases del Nuevo Testamento, aparentemente de lo más banales, pero que me parece nos llevan al meollo de aquel centro de sentido dinámico y flexible que es la intuición mimética de Girard. Se encuentran en la carta a los Filipenses:

Dios es pues quien les insiere en su buen placer activando en Ustedes tanto el desear como el obrar. Cualquier cosa que hagan, sea sin quejas ni discusiones: así serán irreprochables y límpidos, prole de Dios sin tacha, en medio de una gente falsa y perversa, entre la cual brillan como lumbreras del mundo, ateniéndose al logos de la vida, como motivo de orgullo para mí en el día del Ungido, para que no haya corrido ni trabajado en vano. (Flp 2, 13-16; traducción mía, editando la de Schökel y Mateos en La Nueva Biblia Española.)

Este trecho viene después de un pasaje que San Pablo toma de un himno conocido por él, que describe al Señor que, al no agarrarse a su dignidad divina, entra en la creación para realizar el gran sacrificio a cuyo final recibe el Nombre que sobrepasa todo nombre. Y el trecho viene antes de una mención que hace Pablo de su propia muerte, vislumbrando cierto tipo de participación en aquel sacrificio, y también de su alegre ecuanimidad delante de esta posibilidad.

En medio entonces de un contexto notablemente sacrificial, surgen frases que a primera vista parecen bastante anodinas, y se prestan a toda clase de lectura moralista. Propongo que las leamos con ojos entrenados por Girard. Lo primero que se nota es que a San Pablo no le interesa definir qué es lo que la gente tiene que hacer. Una de las cosas que le es evidente es que gracias a la auto-entrega de Cristo, la libertad ha llegado. Pablo no quiere mandar en sus oyentes. Y les anuncia que es el propio Dios que activa en ellos tanto el desear como el obrar conforme a su buen placer. El deseo del Otro produce en mi un deseo, pero si el buen placer del otro es libre, entonces el Otro no me coarta, sino que produce en mi el libre actuar. Al contrario de un tono moralista, le interesa muchísimo a Pablo que sus oyentes sean llevados a realizar cosas nuevas, novedosas y libres. Pero eso sí, sabe que el verdadero actuar libre e imaginativo tiene cierta forma. Por eso dice “Cualquier cosa que hagan” – la parte no directiva – y luego “sea sin quejas ni discusiones” que tal vez sería mejor traducir “sin murmuraciones ni disputaciones”.

Aquí estamos delante de dos comportamientos miméticos que nos permiten seguir manteniendo sentidos baratos y violentos entre nosotros mismos. Por un lado las murmuraciones, las quejas. Los que se agarran a un sentido de víctimas. Los demás están siempre en mi contra, pobre de mí, mi heroísmo consiste en mantener una identidad sufrida que es una constante acusación a los demás. Existe una razón por la cual no puedo avanzar en nada, y es que soy víctima de la situación imperante. Esta posición, este pretexto para la futilidad, la conocemos demasiado bien, y la reconocemos con muchísima facilidad cuando los otros lo adoptan, y casi nunca cuando lo hacemos nosotros mismos. El uso del estatus victimario para hacerse valer, y al mismo tiempo para explicar por qué nada se pudo hacer. En seguida, Pablo indica la contrapartida del mundo de la quejadumbre: son las disputas, las armas de quienes necesitan ganar. Los que siempre se justifican, que demuestran por qué tienen la razón, y por qué ellos son los buenos, y los otros los malos. Una actividad incesante, puesto que ninguno consigue justificarse y quedarse contento. Siempre tiene que buscar nuevas justificaciones, nuevas disputas. La adicción a tener razón, a sentirse el bueno, y la constante necesidad de alimentar esta adicción de manera repetitiva y violenta, también la conocemos demasiado bien. Y una vez más, su oquedad es evidente cuando de los otros se trata, pero en nuestro propio caso, la convicción de la propia rectitud produce ceguera.

En el fondo no hay mucha diferencia entre la aparente pasividad de los que se quejan, y la aparente actividad de los que disputan y se justifican. Son pasos distintos de la misma danza alrededor de un abismo de futilidad.

Las palabras que siguen: “sean irreprochables y límpidos” también suenan moralistas de buenas a primeras. Sin embargo, Pablo de moralista no tiene nada. Él percibe que cualquier bondad que viene de aquel encerramiento mimético entre quejas y auto justificación no lleva a absolutamente nada. Y sugiere algo muy difícil: hay que desprenderse de todo aquel sentido chatarra que nos mantiene viciados, para no formar parte alguna del mundo de la mímesis violenta. Cosa que es extraordinariamente difícil. ¿De qué manera puedo desprenderme del sentido chatarra sin caer en el vacío más absoluto? Para que entendamos que estamos en un mundo mimético, la palabra que viene traducida “irreprochables” es ἂμεμπτοι y su fuerza privativa viene de una palabra, μεμφομαι, que quiere decir culpar, reprochar, quejar. O sea en vez de ser quejumbrosos, que seamos personas que no seamos fuente de queja. Que el mundo de la queja no nos agite por dentro.

Igualmente, la palabra que viene traducida “límpidos” es ἀκέραιοι y se refiere a la sencillez de los que no tienen cuernos – no en el sentido popular de traición matrimonial, sino en un sentido más argumentativo – de algo que no tiene astas ni para embestirte ni para que las agarres. Cuando Jesús dijo a sus discípulos que fueran sabios como serpientes e inocentes como palomas, ἀκέραιοι fue la palabra griega que describe las palomas. Más una vez es una espléndida palabra para decir justo lo contrario de los que siempre discuten, o disputan. Pues lo que hacen aquellos es buscar astas para agarrarse al sentido. Entonces, que los que se agarren al sentido por medio de astas, sean personas sin astas, ni para embestir, ni para que se las agarren.

Y por si acaso ustedes ya han vislumbrado por donde va todo esto, Pablo inmediatamente pasa de palabras forjadas en el intercambio violento mimético, a una palabra de cuño litúrgico. Pues nos insta a que seamos prole de Dios sin tacha, y aquí la palabra es ἄμωμα, la palabra clásica para referirse al tipo de animal necesario para el sacrificio: que fuera sin mancha. O sea, al salirnos del mundo del sentido forjado por la quejadumbre y la disputa, al dejar de participar de quejas y de astas, nos encontraremos como seres eminentemente sacrificables, pero sin que esto sea motivo ni de queja, ni de auto justificación.

Y nuestra sacrificabilidad será porque estaremos sin astas en medio de una generación falsa y perversa. Aquí Pablo hace referencia al libro del Deuteronomio (Dt 32, 5), pues la frase γενεὰ σκολιὰ καὶ διεστραμμένη de allí viene, donde Moisés reta a su pueblo en su cántico. De estas palabras, σκολιὰ tiene más que ver con el elemento de lo chueco, lo deshonesto, gente que engaña, mientras que διεστραμμένη hace más referencia a la noción de gente que desanda, que pervierten los caminos ciertos. Lo que nos deja como sacrificables en medio de gente adicta a la mentira y a una manera de resolver las cosas por la falsedad. Un lugar existencial no del todo agradable, y probablemente de corta duración.

Pero esta vivencia sin queja ni asta como gente sacrificable en medio de la falsedad, luego lo describe Pablo como los que brillan como lumbreras del mundo. Y aquí está citando al profeta Daniel (Dn 12, 3), pues en uno de los poquísimos versículos de la escritura hebraica que hace referencia a la vida eterna, aquellos que enseñan a la gente a vivir rectamente brillarán en el cielo como lumbreras para siempre. Ahora lo curioso es que Pablo no coloca el brillo en el cielo, que es donde lo coloca Daniel. Pablo más bien coloca aquel brillo aquí, en medio de la gente chueca y depravada, en el mundo. O sea, el brillo no es pospuesto, sino que tiene que ver con cierta manera de vivir, de encontrar sentido, en medio de la actualidad.

Pablo luego cualifica esta vivencia diciendo “ateniéndose al logos de la vida” o “agarrados a (la) palabra de vida”. Aquí también hay una referencia al mismo pasaje del Deuteronomio (Dt 32, 47) que vimos hace poco. Allí Moisés, refiriéndose al Torá que acaba de entregar, les dice a su pueblo que no es una palabra vana por la cual han de vivir, sino una palabra que vivifica. O sea, Pablo aquí se está refiriendo a una vivencia llena del sentido del creador. Y su alusión al libro del Deuteronomio queda en evidencia puesto que inmediatamente contrasta esta vivencia con la vanidad, al decirles a sus oyentes que espera que su vivencia de ellos será motivo de orgullo para él, y él no habrá quedado como parte de lo vano, sin sentido.

Noten qué es lo que esto subentiende: que exista una nueva realidad, también mimética, donde la vivencia de ellos como sacrificables sin mancha será parte de lo que le construye a él que se está entregando. En vez de unas identidades agarradas por contraste con un otro desechable, la vivencia de la auto donación desprendida y desagarrada permite recibir una identidad rica y pacífica, donde gente tratada como si fuesen las aparentes escorias del mundo reciben alabanza y no vergüenza. En vez de individuos cerrados al contrastarse con otros, interdividuos cuya identidad fluye entre los miembros de un nuevo cuerpo. Pablo está señalando para sus oyentes que aquella vivencia de sentido de que había hablado Moisés prefiguraba la vivencia tri-dimensional que ahora se encuentra a su alcance de ellos al entrar en la dinámica del Señor que se ofreció en nuestro medio.

Lo que tal vez no salta a los ojos a primera vista es el tono de Pablo aquí. Es un tono de jocosidad, de quien está contento con el sentido de las cosas. Es a partir de una espaciosidad personal que él puede hablar así, sin dramatizar las cosas, haciendo sus alusiones rápidas y bien humoradas a la escritura hebraica. Claro, él está hablando en medio de un mundo muy violento, donde Jesús sí fue asesinado. Y donde es bien probable que él mismo sea asesinado. Pero no es esto lo que ocupa su atención. Más le interesa la cualidad de vivencia que ahora se ha abierto en medio de este mundo perseguidor, una cualidad marcada por una ternura, por el buen placer, la complacencia, de Dios, y el sentido suave y sólido que de allí fluye.

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Bueno, quise comenzar con la lectura de un texto, puesto que las veces que me ha tocado escuchar a Girard enseñar, siempre ha sido así. No comienza dando explicaciones teóricas. Sino que comienza con un texto, para ver qué de sentido sale si uno lee el texto a partir de la intuición mimética. Espero que sea evidente que los tres “momentos” por así decir, de la intuición mimética son detectables aquí sin que se requiera de mucha ingeniosidad: el elemento del deseo a partir del deseo del otro, el elemento colectivo de un linchamiento o sacrificio, y el elemento de la subversión a partir de dentro de la vivencia violenta. Es más, parece que Pablo no reproduce estos “momentos” a ciegas, como si lo dominaran sin que estuviera a sabiendas. Más bien parece jugar con estos momentos como si entendiera muy bien que una estrecha relación tienen entre si. En términos girardianos, el texto no está estructurado por el mecanismo de la víctima aleatoria, sino más bien lo tematiza.

Ahora, lo que me gustaría subrayar aquí es una pregunta que dejé sin respuestas al leer el texto. El pasar de una identidad basada en la quejadumbre y la auto justificación, a una identidad sin queja y de simplicidad es extraordinariamente difícil. Mi pregunta era, y es ¿de qué manera puedo desprenderme del sentido chatarra sin caer en el vacío más absoluto?

A fin de cuentas, el sentido chatarra, que infla sin alimentar, por lo menos me deja con un “yo” solitario rodeado de un público que o bien me adula o bien me execra. Donde los aplausos, en el mejor de los casos, pero a su falta, entonces los aullidos de desprecio, me indican, por lo menos, que existo. En el mundo del sentido chatarra no hay cosa más mortífera que la indiferencia ajena, el caer en la cuenta de mi no existencia a los ojos de los demás.

Lo que asombra es lo difícil que es, una vez percibamos la falsedad de este juego, alcanzar otro nivel de sentido, un nivel que no dependa de una exacerbada reactividad. Y la razón de esta dificultad reside, diría yo, en el elemento del tiempo. Para que habitemos apaciblemente un tiempo en el cual las excitaciones ajenas nos son indiferentes tenemos que estar dispuestos a una pérdida. Y las pérdidas, los desprendimientos de que se tratan, no tan solamente son de índole espiritual o psicológica. Sino de reputación, de pertenencia, y por esto de capacidad de ganarse la vida. Para poder correr el riesgo de perder, ante la indiferencia ajena, tenemos que tener en algún banco metafórico un enorme caudal de riqueza de tiempo. Únicamente quien no tenga prisa para la sobrevivencia puede darse el lujo de habitar el tiempo de la indiferencia.

Es aquí, curiosamente, donde me gustaría reforzar la recomendación del pensamiento de Girard e insistir en su actualidad. Pues, para que alguien crea que vale la pena pasar por el desprendimiento, en vez de seguir debatiéndose con elementos de satisfacción inmediata, tiene que tener la sensación de que por debajo de la agitada espuma de la superficie sí hay una corriente de sentido que fluye profunda y mansa. Y que al soltar las armas de los deseos repetitivos, uno no caerá sencillamente en la opacidad del no ser.

Y he aquí una cosa que es más o menos evidente para quienes conocen el pensamiento de Girard, pero que es un poco sorprendente para quienes oyen el término “teoría mimética” por primera vez. Por riguroso que haya sido, y espero siga siendo, el trabajo multidisciplinar de elucidación teórica e intelectual que fluye de los seguidores de Girard, el centro de lo que suele denominarse la teoría mimética no es en primer lugar una teoría en el sentido moderno de la palabra. Se trata más bien de lo que el mundo anglo llama un insight, un vislumbre, con un dinamismo excepcionalmente fecundo, y con un desarrollo y unas consecuencias orgánicas extraordinariamente flexibles.

Ahora bien, el acceso a un insight no es linear. Más bien, a los que vamos interesándonos por el pensamiento de Girard, casi siempre nos pasa que una u otra dimensión del insight nos ha alcanzado en circunstancias bien concretas, y tal vez hasta banales, de nuestra vida, y nos han dicho algo de verdad. O sea, hemos tenido la impresión de que alguien, en el caso Girard por sus escritos, nos está hablando la verdad sobre nosotros mismos. Me está revelando algo acerca de mi comportamiento, mi rivalidad en una relación amorosa, mi obsesión por un enemigo demasiado querido, la complicidad de mi orgullo con mi vergüenza. O bien puede ser el susto de darme cuenta de mi participación en el “todos-contra-uno” de un linchamiento moral, o tal vez el alivio de quedarme libre de un elemento de una creencia sacra que me escandalizaba, al darme cuenta de que la violencia del escándalo no tiene nada de divino, y no es sino un mecanismo humano.

Lo extraordinario del pensamiento de Girard, de la teorización rigorosa de su insight, es la manera en que nos lleva de la mano a partir de estas pequeñas experiencias de verdad hacia darnos cuenta de algo mucho más completo y orgánico. Nos permite trazar los contornos de la condición humana en la cual nos encontramos de una manera mucho más rica, inscribiéndonos dentro de una realidad que se está desarrollando independientemente de nosotros en circunstancias bien históricas y actuales, pero de manera a hacernos intérpretes de esta realidad que nos va forjando.

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Ahora, como es sabido, el pensamiento de Girard es de índole apocalíptica. Y es cierto. Pero no es un pensamiento apocalíptico en un sentido sencillo. Girard nos muestra como, desde los albores de nuestro proceso de hominización, nos hemos encontrado como los seres que construimos nuestra seguridad, nuestra manera de estar juntos, por medio de un mecanismo muy eficaz. El “todos-contra-uno” nos ha servido bastante bien durante muchos milenios y los grupos humanos que han sobrevivido deben mucho a esta manera de contener la violencia que siempre amenaza huir de sus caudales. Pero esta contención de la violencia depende en gran parte de una falta de reconocimiento de lo que se está haciendo al señalar con el dedo a un supuesto culpable. Depende de una incapacidad para reconocer lo aleatorio de la víctima.

Pero ¿qué pasa una vez que comienza a haber en nuestro medio un agente desmitificador de esta éconnaissance, esta ignorancia? Y como saben, en la intuición girardiana es la trayectoria de los textos hebraicos, culminando en la vivencia de la pasión de Cristo la que constituye este agente desmitificador. Pues, como primer resultado de la comprensión de que la víctima aleatoria es inocente, y en la medida en que se instala en nuestro medio esta sospecha, se produce como efecto antropológico una extraordinaria incredulidad en la eficacia de nuestro mecanismo de contención de nuestra propia violencia. Ya dudamos de la eficacia de los sacrificios para colocar las cosas nuevamente en orden. Pero esto significa que no tenemos maneras de resolver los conflictos, las rivalidades para los cuales tiende nuestro deseo, siempre cada vez más suelto, pero nunca menos mimético.

El resultado de esto es la visión apocalíptica que Girard ha esbozado en su último libro Achever Clausewitz donde ilustra el proceso histórico de lo que llama la montée aux extremes – el deseo humano “rivalístico” desembocando en una carrera sin frenos, con exacerbaciones cada vez más globales, que nos agita a todos y que nadie domina. Y una carrera de deseo que, sin la necesidad de cualquier agencia sobrenatural de tipo apocalíptico, tiende a poner en peligro real la sobrevivencia del planeta, y ciertamente de la raza humana, sea por las armas nucleares, sea por los cambios de clima.

Pero al mismo tiempo de todo esto, que es demasiado visible y evidente, hay otra dinámica que sigue presente. Lo extraordinario, y no puede ser motivo alguno de auto-felicitación nuestra, es que en medio de todo esto, algo florece. La fuerza desembocada por la presencia de la víctima inocente sí da chance a que aprendamos a crear señales de sentido, a descubrir el porqué de las cosas, en vez de resolver problemas sociales de manera victimaria. O sea, sí existe un espíritu científico y no solamente en el sentido tecnológico, sino en el sentido de entender el comportamiento humano. La llegada del Cristo no únicamente trajo una espada, aunque sí lo hizo, pero sí también permitió y permite nuevas e inusitadas maneras de que los humanos estemos juntos, capacitados para un florecimiento. Trajo la posibilidad y la promesa de que la realidad sea bañada en una alegría duradera, aunque lo percibamos sólo de vez en cuando y por semillas.

Y aquí, sí, mi llamada a la cuestión del tiempo. Al correr el riesgo de desprendernos del sentido chatarra, nudo por nudo, al permitir que nuestras autobiografías dejen de ser reactivas, descubrimos algo que es muy difícil destacar en una discusión normal. El que existe un sentido verdadero, sólido, manso que no está ni en oposición, ni en rivalidad, ni en contraste, con el sentido chatarra. Que es capaz de enternecerse por los absurdos, las pérdidas, la violencia y el sinsentido que abundan, sin inmutarse delante de ellos. Que se cierne en las alas del buen humor y de la espaciosidad. Lo escatológico que se deja vivir ya en medio de lo apocalíptico, que se hace presente al permitirnos forjar historias de vida libres de reactividad al pasar por el extraño proceso de desprendimiento cuyos recovecos Girard ha ilustrado tan ampliamente. Este es un marco de deseo totalmente otro, el que subyace en la jocosidad de Pablo, el que dicta el tenor y el contenido de esta frase tan espléndida de Cristo:

Les he dicho estas cosas para que en mí tengan paz. En el mundo tendrán tribulaciones. Pero, ¡ánimo! Que yo he vencido al mundo. (Jn 16, 33)

São Paulo, agosto de 2012